Recordemos a los muertos como si estuvieran entre nosotros.

Dicha festividad se divide en dos días, primero (“Día de Todos los Santos”, haciendo referencias a las personas que hayan vivido apegados fielmente a los designios de la fe) y segundo de noviembre (“Día de los Fieles Difuntos”, siendo una festividad dedicada a un público más general, los cuales al morir pasarán un tiempo determinado en el purgatorio y eventualmente se encontrarán con Dios), fechas en las cuales se honran a nuestros seres queridos por medio de una ofrenda.

Aquellos ofrecimientos son decorados con velas, papel picado, la comida que haya sido su favorita, pan de muerto, calaveritas de azúcar, objetos que le hayan sido de gran valor, flores (siendo la de cempasúchil la más utilizada para fines funerarios) y una fotografía del difunto. Habiendo dicho esto, debemos retomarnos a la época de los pueblos prehispánicos, ya que ellos pensaban que existía la vida después de la muerte y por consecuencia no trataban la muerte como algo triste, siendo algo que debía celebrarse.

Tras fallecer las personas podían llegar a cuatro reinos distintos; el Tlalocan (lugar a donde llegaban todos quienes hubieran perecido a causa del agua), Chichihualcuauhco (sitio destinado a los infantes, o a los bebés, siendo amamantados por un árbol nodriza hasta que tuvieran la oportunidad de renacer), el Tonatiuhichan (lugar donde los guerreros muertos en batalla iban a descansar) y el Mictlán (sitio en el cual la mayoría de los muertos terminaba).  

Este último es sobre el que más se conoce, los difuntos tardaban cuatro años en llegar ahí (tiempo en el que sus cuerpos eran absorbidos por la tierra), debiendo pasar por todos los niveles del inframundo hasta llegar con Mictlantecuhtli (dios de la muerte). Tras encontrarlo, el difunto debía entregarle las ofrendas con las que fueron enterrados para que Mictlantecuhtli decidiera que pasaría al final con la persona.

Cuando llegaron los conquistadores (quienes, a pesar de no tratarse de los españoles como tal, eran personas que estaban muy apegados a la religión católica) al territorio que hoy conocemos como México, se dieron cuenta que al igual que ellos los indígenas honraban a los muertos, aunque no fuera de la misma forma. Comenzaron a enterrar a las personas en iglesias (si es que eran importantes) y en panteones, reemplazando otras cosas como el consumo de corazones por los primeros tipos de pan de muerto (cubierto de azúcar rojiza).

Pasando los años el “Día de muertos” fue adaptándose hasta lo que hoy conocemos, siendo una festividad muy importante para el pueblo mexicano debido a la tradición que trae consigo, no obstante, con la llegada del Halloween (el cual se celebra el 31 de octubre) ya no se le da tanta importancia en general debido a que el Halloween permite acceder a un grado mayor de diversión, algo que el Día de muertos no puede ser al estar firmemente relacionado con el destino de los muertos.

Afortunadamente, la UNESCO nombró al Día de muertos como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad a finales de la primera década del siglo 20, asegurando de cierta manera que la tradición no vaya a extinguirse. Esto es algo positivo, ya que si bien no estamos obligados a celebrar algo si es que no queremos, resulta imposible negar que para muchas familias esto implica un momento importante ya que les permite conectarse con los seres queridos que ya no están con ellos y ciertamente nunca deben ser olvidados.

 

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