

El 29 de septiembre Día Internacional de Concienciación sobre la Pérdida y el Desperdicio de Alimentos se estableció por la Asamblea General de la ONU en 2019 para recordarnos, cada año, que tirar comida también tira agua, tierra, energía y dinero. Se celebra porque el desperdicio daña al medio ambiente, afecta la economía y deja a millones sin alimentos; se conmemora desde 2019 y hoy más países, ciudades y hogares se suman para reducirlo. Quédate, porque más adelante verás cinco medidas concretas y tres incentivos sólidos que puedes aplicar desde tu cocina o tu organización.
Se celebra cada 29 de septiembre. Esta fecha busca sensibilizar, promover la acción, contribuir a la sostenibilidad y fortalecer los sistemas alimentarios.
Porque la pérdida y el desperdicio de alimentos:
Generan emisiones de gases de efecto invernadero y consumen recursos naturales.
Representan un problema económico y social, mientras millones de personas pasan hambre.
Desde 2019, cuando la ONU declaró oficialmente la fecha.
Desperdicio de alimentos: el tamaño del problema en palabras simples
En 2025, el panorama descrito es claro: entre 30% y 50% de los alimentos se pierden o se desperdician a lo largo de la cadena. Eso equivale a 1 de cada 4 calorías producidas que jamás se comen. A nivel global, el desperdicio anual ronda miles de millones de toneladas y pérdidas económicas del orden del billón de dólares.
En 2022, los hogares, la comida para llevar y el retail generaron 1.050 millones de toneladas de desperdicio (restos comestibles y no comestibles). El 60% provino de los hogares, 28% de servicios de alimentación y 12% del comercio minorista. Además, la pérdida y el desperdicio de alimentos aportaron entre 8% y 10% de las emisiones globales de GEI y ocuparon el equivalente a casi un tercio de las tierras agrícolas del mundo.
El desperdicio no es “un problema de otros”. Aparece en países de todos los ingresos y afecta tanto a ciudades como a zonas rurales, aunque estas últimas suelen redirigir más restos a animales o compost.

Países en desarrollo: cerca del 40% de las pérdidas ocurren después de la cosecha, en almacenamiento y procesamiento.
Países desarrollados: cerca del 40% del desperdicio sucede en venta minorista y consumo en el hogar.
Ejemplos ilustrativos del impacto logístico y de infraestructura:
La pérdida de arroz en algunos países asiáticos alcanza porcentajes muy altos por fallas en almacenamiento y transporte.
En mercados sin cadena de frío, frutas y verduras se dañan con facilidad.
La magnitud es enorme: se desperdician cientos de millones de toneladas de frutas, cereales y carne cada año. Mientras tanto, una parte de la población vive inseguridad alimentaria. Tirar comida también tira agua, energía y suelo. Por ejemplo, por cada kilogramo de carne desperdiciado se pierden miles de litros de agua, superficie agrícola y se emiten GEI en vano.
Reducir el desperdicio significa:
Usar mejor los recursos naturales.
Disminuir emisiones.
La pérdida ocurre a lo largo de toda la cadena: producción, cosecha, procesamiento, distribución y consumo. Cada alimento que no llega al plato arrastra consigo el agua, la tierra, la energía y los fertilizantes usados. Por eso, bajar el desperdicio multiplica beneficios: reduce la presión ambiental, libera capacidad en los sistemas alimentarios y mejora la resiliencia.
Las empresas suelen asumir el desperdicio como “costo de hacer negocio”. Pero dar valor a excedentes y residuos (por ejemplo, mediante donaciones o reconversión) recupera dinero y reduce costos de disposición final.
Menos pérdida implica menor huella: se optimiza uso de tierra, agua, combustibles y se evitan metano y otros GEI en rellenos sanitarios.
Los excedentes comestibles pueden redistribuirse a bancos de alimentos y organizaciones de rescate, beneficiando a poblaciones con inseguridad alimentaria.
Estas líneas de acción permiten integrar soluciones en planes y políticas, y también inspiran a empresas y ciudades:
Adoptar prácticas que restauren suelos y cuiden el agua. Reutilizar subproductos agroalimentarios para nutrir suelos, disminuir fertilizantes importados y ganar resiliencia.
Acercar la producción a los consumidores (agricultura urbana y periurbana) y hacer más eficiente el procesamiento, la transformación y el transporte reduce pérdidas entre la cosecha y el plato.
Llevar energía fiable a zonas rurales permite cadena de frío y procesamiento básico. Mejor acceso energético = menos pérdidas poscosecha. Los residuos orgánicos pueden transformarse en biogás.
Transporte, riego, procesamiento y almacenamiento mejoran la trazabilidad y la calidad. Revalorar enfoques tradicionales (por ejemplo, redes de riego) combinados con tecnologías para monitorear temperatura, frescura y flujos de demanda.
Reciclar aguas residuales y desechos orgánicos para producir abono, acondicionadores del suelo, energía limpia o agua de riego. Beneficios para salud, ambiente y economía.
La prevención es la prioridad. Aunque hay destinos “mejores que el vertedero” (por ejemplo, alimentación animal o compost), lo más eficaz es no generar el residuo. Medir ayuda a gestionar: lo que se mide se puede mejorar.
El riesgo de no cambiar
Seguir igual cuesta caro. Las empresas que no actúan pueden quedarse atrás frente a competidores que ya monetizan sus residuos o ahorran por gestionar mejor. Además, aumentan regulaciones que obligan a donar excedentes o prohibir enviar alimentos a vertederos. Ignorar el tema encarece la operación y daña la reputación.
Reducir el desperdicio no es complicado si lo conviertes en hábito.
Porque medir revela causas y permite prevenir. Con bases de referencia sólidas y mediciones periódicas, es posible observar cambios reales en el tiempo. Países que combinan políticas, alianzas y seguimiento han logrado reducciones relevantes del desperdicio.
Reducir la pérdida y el desperdicio de alimentos no es solo un acto individual; es una transformación social. Implica hábitos en casa, prácticas en empresas, infraestructura pública y alianzas. Con prevención, medición y cooperación, se puede ahorrar dinero, bajar emisiones y mejorar el acceso a alimentos.
Este día existe para recordarnos que la comida es vida y que cada decisión cuenta: planificar, almacenar, reaprovechar, donar. Si lo medimos, lo mejoramos. Y si lo hacemos juntos, lo cambiamos de verdad.




